Cuando me di cuenta que había reemplazado el Rexona por Raid, me convencí de que había tocado fondo.
Me encanta mi casa nueva pero cuando elegí la casa de Lola acepté un máximo de dos roommates y dos gatos. Nadie me dijo que además, tenía que compartir mi techo --y peor aún, mi sangre-- con otros seres. Creo firmemente en la convivencia pacífica; no soy activista de Greenpeace pero respeto la vidas de otros animalitos; a los gatos no los dejo entrar en mi cuarto pero siempre estoy pendiente de que su platito de comida esté lleno. Pero no aguanto pulgas, literalmente.
Una semanas después de haberme instalado en el ph de la calle Billinghurst, tengo un mapa trazado sobre la panza y cada pierna. Une los puntos y descubrirás... un lindo abstracto, un Pollock con todo y chorreadita de pintura. En dos etapas: la primera trazada antes de irme a Lima y la segunda como lindo regalo de bienvenida. Las pulgas de Lorenzo y Loqui me están volviendo loqui a mí. El jueves, en un ataque de desesperación, corrí a mi doctora para que me recete algo. Un Xanax me habría venido bastante bien, pero me conformé con una pomadita antibiótica y la resignación de tener una sangre con pH "pulga friendly". Gracias a Dios la pomada funciona, el Raid de latita morada también, así como mi voluntad inquebrantable de barrer el cuarto cada mañana. Mi mamá estaría hinchando el pecho de orgullo.
Parece que hasta el momento vengo ganando la batalla. Las picaduras están cada vez más pequeñas y aunque aún no me atrevo a ponerme una falda, creo que mi sangre es nuevamente mía, y sólo mía.
Sunday, March 2, 2008
Sunday, February 24, 2008
El Apagón
Ya de vuelta en Buenos Aires y con una mudanza más o menos finalizada, no quiero dejar de contar historias sobre mi vida en las casas y las ciudades a donde me mudé. Este un copipeist de mi antiguo blog; esta historia fue escrita, a mano, en agosto del 2003. Definitivamente una de las primeras.
A pesar de haber vivido mi niñez en el Perú de los años ochenta, con las constantes amenazas a nuestra seguridad, la hiperinflación y claro, los apagones a la orden del día, tenía que ser Nueva York la ciudad donde viví el apagón más largo de mi vida: el gran apagón de agosto del 2003.
La noticia dio la vuelta al mundo. Desde el jueves 13 de agosto hasta el mediodía del viernes, medio país quedó a oscuras. Fue algo muy confuso al principio; podría ser algo pasajero, la electricidad volvería pronto, pero cuando empecé a recibir llamadas de mis amigos, “¿en tu oficina tampoco hay luz?”, la confusión dio paso al temor. Los altoparlantes del Worldwide Plaza anunciaban “no tener conocimiento todavía de las causas del problema” y cada vez se escuchaban más rumores y cuchicheos que no hacían más que aumentar la confusión. En el fondo, la neurosis en torno a la seguridad en Estados Unidos, y especialmente en Nueva York, daba pie a muchas ideas, que si será un ataque terrorista, que si será esto o lo otro, y para evitar hablar del tema empezaron los comentarios en broma y el ánimo de divertirse, o de simplemente volver a casa… al fin y al cabo, era jueves, así que el fin de semana empezaba mucho antes de lo previsto. Tuve suerte de no estar en un ascensor ni en el subterráneo en ese momento, y también tuve la suerte de vivir a tres cuadras del trabajo, con lo cual el viaje de regreso a casa sólo fue distinto por 15 pisos de bajada por escaleras. Mientras caminaba a casa, vi toda la Novena Avenida, en estos últimos años uno de los barrios de moda en Manhattan, con tantos restaurantes y bares, repleta de gente con sus cervezas, celebrando un fin de semana adelantado.
Cada quien tuvo que encontrar la manera de llegar a casa. Mi amiga Mika, que trabajaba cerca de Grand Central Station, no podía llegar a su casa porque vivía en East Village, así que decidió que lo mejor sería caminar hasta mi departamento, y me encontró en la puerta de mi edificio mientras yo llamaba a casa en Lima (desde un teléfono público, porque los celulares no funcionaban) a avisar a mi familia que todo estaba bien, que no se preocuparan por mi, porque seguramente la noticia ya les había llegado por televisión. Claudio, mi roommate, no se apareció sino hasta bien entrada la noche, ya que tuvo que caminar desde Tribeca hasta Hell’s Kitchen, nuestro barrio.
Como buenas latinas (Mika es argentina), tomamos las precauciones inmediatas del caso, y con cada cosa que hacíamos, recordé todo lo que se hacía en casa cuando yo tenía 10 o 12 años y los cortes de luz en Lima eran cosa de todos los días. Y pensé en cómo un país del primer mundo, con toda la tecnología que puede costearse no está para nada preparado para casos de emergencia como éstos; y extrañé tantas cosas que en Lima daba por sentado.
Las velas
La imagen que quedó grabada en mi mente durante un apagón era la vela blanca, la típica “vela de apagón”, con la cera derritiéndose y cayendo sobre el candelabro perfecto: una botella vacía de Coca Cola de un litro (ni más grande ni más chica). En un país donde las velas sólo cumplen un rol decorativo, las “tealights” (todas las que pudimos encontrar), más las enormes velas perfumadas nos sirvieron como única alternativa, aunque la fragancia que emanaban era realmente abrumadora tomando en cuenta el calor que hacía allá afuera (especialmente porque el uso excesivo de aire acondicionado fue lo que provocó la saturación de las redes eléctricas).
El agua
Pocos saben que cuando no hay electricidad, dentro de poco no habrá agua. Definitivamente toda esa gente chupando en los bares de la Novena Avenida nunca pensaron en eso, y después de tanta cerveza no quiero ni pensar en qué estado quedaron los baños de todos esos lugares. Mika fue la de la idea; juntemos agua en la bañera, ya que al vivir en el quinto piso, pronto se acabaría el agua del tanque y no habría presión para que el agua de las cañerías suba hasta nuestro departamento. Una bañera entera sería una reserva suficiente hasta que volviera la luz, esperando lo peor. Y era obvio que el agua no era para aseo personal.
La refrigeradora
Se acercaba la hora de cenar y lo primero que pensamos fue cocinar todo lo que pudiera malograrse rápido. No fue suficiente. El tofu se echó a perder, igual que la leche. En Lima era inimaginable guardar tofu por más de medio día, y la leche es en su mayoría evaporada y se vende en latas, con lo cual el refrigerador tiene menos responsabilidad en caso de un apagón.
El teléfono
Muchos chicos de la ciudad, en nuestro intento por pagar la menor cantidad de cuentas al mes, decidimos tener sólo el teléfono celular (que es lo que más nos sirve, nunca estamos en casa ni siquiera los fines de semana) y usarlo para todo. En este caso de nada nos sirvió el celular. No había manera de saber qué partes de la ciudad seguían a oscuras y qué había sucedido realmente.
Pilas
Cuando no las necesitamos, nunca pensamos en ellas. Desde el día del apagón no dejé de tener pilas en casa. En el departamento de Hell’s Kitchen teníamos radio pero no teníamos cómo hacerla funcionar. Mis recuerdos de apagones en Lima están siempre acompañados de Radioprogramas del Perú. Esa vez fue diferente. No hubo Radioprogramas, ni manera de enterarnos qué sucedía allá afuera, salvo los bares repletos de la Novena Avenida y el gran hueco negro que en condiciones normales eran los reflejos de las luces de Times Square.
Piso de Cemento
A falta de aire acondicionado --y de muebles en ese momento, porque recién nos habíamos mudado y los muebles de Ikea recién llegaban al día siguiente--, no nos quedó otra sino pasar el tiempo sentados en el piso cerámico de la cocina. Resultó que no sólo fue una noche de historias interesantes a la luz de las velas, sino que también pudimos refrescarnos en el piso frío. El preciado piso de madera, no importa cuán lindo y cálido, jamás habría hecho suficientes méritos para ingresar en esta lista de ítems de primera necesidad.
Cafetera Gota a Gota
El café de mi mamá siempre fue bastante popular dentro de la familia y nuestro círculo cercano. El secreto: una vieja cafetera gota a gota, de esas que a punta de paciencia logran la más deliciosa esencia de café y el aroma que más me hace recordar mi infancia. Pues resulta que no sólo es, a mi entender, la mejor manera de hacer café, sino también la única posible cuando la energía eléctrica no está de nuestro lado para activar una sofisticada máquina de espresso o una simple cafetera Mr. Coffee. El 14 de agosto, el segundo día del apagón, sólo encontré café luego de caminar unas veinte cuadras.
La electricidad volvió a nuestra zona poco después de que Mika y yo encontráramos el café en Bryant Park, mientras caminábamos de regreso a casa. Escuchamos gritos de alegría y aplausos en la Novena Avenida, con lo cual imaginamos que los refrigeradores y equipos de aire acondicionado estaban funcionando nuevamente. Y mientras caminábamos, reflexionábamos sobre lo que aprendimos durante nuestra niñez en América del Sur. Lo que pensábamos era experiencia inútil en el primer mundo era ahora fuente de salvación; y cada vez que oíamos las quejas de algún neoyorkino respetable que estuviera, naturalmente, quejándose sobre estas cosas sucediendo en la ciudad que lo tiene todo, no podíamos dejar de pensar orgullosas, “pero yo sí junté agua en casa, tú no”.
A pesar de haber vivido mi niñez en el Perú de los años ochenta, con las constantes amenazas a nuestra seguridad, la hiperinflación y claro, los apagones a la orden del día, tenía que ser Nueva York la ciudad donde viví el apagón más largo de mi vida: el gran apagón de agosto del 2003.
La noticia dio la vuelta al mundo. Desde el jueves 13 de agosto hasta el mediodía del viernes, medio país quedó a oscuras. Fue algo muy confuso al principio; podría ser algo pasajero, la electricidad volvería pronto, pero cuando empecé a recibir llamadas de mis amigos, “¿en tu oficina tampoco hay luz?”, la confusión dio paso al temor. Los altoparlantes del Worldwide Plaza anunciaban “no tener conocimiento todavía de las causas del problema” y cada vez se escuchaban más rumores y cuchicheos que no hacían más que aumentar la confusión. En el fondo, la neurosis en torno a la seguridad en Estados Unidos, y especialmente en Nueva York, daba pie a muchas ideas, que si será un ataque terrorista, que si será esto o lo otro, y para evitar hablar del tema empezaron los comentarios en broma y el ánimo de divertirse, o de simplemente volver a casa… al fin y al cabo, era jueves, así que el fin de semana empezaba mucho antes de lo previsto. Tuve suerte de no estar en un ascensor ni en el subterráneo en ese momento, y también tuve la suerte de vivir a tres cuadras del trabajo, con lo cual el viaje de regreso a casa sólo fue distinto por 15 pisos de bajada por escaleras. Mientras caminaba a casa, vi toda la Novena Avenida, en estos últimos años uno de los barrios de moda en Manhattan, con tantos restaurantes y bares, repleta de gente con sus cervezas, celebrando un fin de semana adelantado.
Cada quien tuvo que encontrar la manera de llegar a casa. Mi amiga Mika, que trabajaba cerca de Grand Central Station, no podía llegar a su casa porque vivía en East Village, así que decidió que lo mejor sería caminar hasta mi departamento, y me encontró en la puerta de mi edificio mientras yo llamaba a casa en Lima (desde un teléfono público, porque los celulares no funcionaban) a avisar a mi familia que todo estaba bien, que no se preocuparan por mi, porque seguramente la noticia ya les había llegado por televisión. Claudio, mi roommate, no se apareció sino hasta bien entrada la noche, ya que tuvo que caminar desde Tribeca hasta Hell’s Kitchen, nuestro barrio.
Como buenas latinas (Mika es argentina), tomamos las precauciones inmediatas del caso, y con cada cosa que hacíamos, recordé todo lo que se hacía en casa cuando yo tenía 10 o 12 años y los cortes de luz en Lima eran cosa de todos los días. Y pensé en cómo un país del primer mundo, con toda la tecnología que puede costearse no está para nada preparado para casos de emergencia como éstos; y extrañé tantas cosas que en Lima daba por sentado.
Las velas
La imagen que quedó grabada en mi mente durante un apagón era la vela blanca, la típica “vela de apagón”, con la cera derritiéndose y cayendo sobre el candelabro perfecto: una botella vacía de Coca Cola de un litro (ni más grande ni más chica). En un país donde las velas sólo cumplen un rol decorativo, las “tealights” (todas las que pudimos encontrar), más las enormes velas perfumadas nos sirvieron como única alternativa, aunque la fragancia que emanaban era realmente abrumadora tomando en cuenta el calor que hacía allá afuera (especialmente porque el uso excesivo de aire acondicionado fue lo que provocó la saturación de las redes eléctricas).
El agua
Pocos saben que cuando no hay electricidad, dentro de poco no habrá agua. Definitivamente toda esa gente chupando en los bares de la Novena Avenida nunca pensaron en eso, y después de tanta cerveza no quiero ni pensar en qué estado quedaron los baños de todos esos lugares. Mika fue la de la idea; juntemos agua en la bañera, ya que al vivir en el quinto piso, pronto se acabaría el agua del tanque y no habría presión para que el agua de las cañerías suba hasta nuestro departamento. Una bañera entera sería una reserva suficiente hasta que volviera la luz, esperando lo peor. Y era obvio que el agua no era para aseo personal.
La refrigeradora
Se acercaba la hora de cenar y lo primero que pensamos fue cocinar todo lo que pudiera malograrse rápido. No fue suficiente. El tofu se echó a perder, igual que la leche. En Lima era inimaginable guardar tofu por más de medio día, y la leche es en su mayoría evaporada y se vende en latas, con lo cual el refrigerador tiene menos responsabilidad en caso de un apagón.
El teléfono
Muchos chicos de la ciudad, en nuestro intento por pagar la menor cantidad de cuentas al mes, decidimos tener sólo el teléfono celular (que es lo que más nos sirve, nunca estamos en casa ni siquiera los fines de semana) y usarlo para todo. En este caso de nada nos sirvió el celular. No había manera de saber qué partes de la ciudad seguían a oscuras y qué había sucedido realmente.
Pilas
Cuando no las necesitamos, nunca pensamos en ellas. Desde el día del apagón no dejé de tener pilas en casa. En el departamento de Hell’s Kitchen teníamos radio pero no teníamos cómo hacerla funcionar. Mis recuerdos de apagones en Lima están siempre acompañados de Radioprogramas del Perú. Esa vez fue diferente. No hubo Radioprogramas, ni manera de enterarnos qué sucedía allá afuera, salvo los bares repletos de la Novena Avenida y el gran hueco negro que en condiciones normales eran los reflejos de las luces de Times Square.
Piso de Cemento
A falta de aire acondicionado --y de muebles en ese momento, porque recién nos habíamos mudado y los muebles de Ikea recién llegaban al día siguiente--, no nos quedó otra sino pasar el tiempo sentados en el piso cerámico de la cocina. Resultó que no sólo fue una noche de historias interesantes a la luz de las velas, sino que también pudimos refrescarnos en el piso frío. El preciado piso de madera, no importa cuán lindo y cálido, jamás habría hecho suficientes méritos para ingresar en esta lista de ítems de primera necesidad.
Cafetera Gota a Gota
El café de mi mamá siempre fue bastante popular dentro de la familia y nuestro círculo cercano. El secreto: una vieja cafetera gota a gota, de esas que a punta de paciencia logran la más deliciosa esencia de café y el aroma que más me hace recordar mi infancia. Pues resulta que no sólo es, a mi entender, la mejor manera de hacer café, sino también la única posible cuando la energía eléctrica no está de nuestro lado para activar una sofisticada máquina de espresso o una simple cafetera Mr. Coffee. El 14 de agosto, el segundo día del apagón, sólo encontré café luego de caminar unas veinte cuadras.
La electricidad volvió a nuestra zona poco después de que Mika y yo encontráramos el café en Bryant Park, mientras caminábamos de regreso a casa. Escuchamos gritos de alegría y aplausos en la Novena Avenida, con lo cual imaginamos que los refrigeradores y equipos de aire acondicionado estaban funcionando nuevamente. Y mientras caminábamos, reflexionábamos sobre lo que aprendimos durante nuestra niñez en América del Sur. Lo que pensábamos era experiencia inútil en el primer mundo era ahora fuente de salvación; y cada vez que oíamos las quejas de algún neoyorkino respetable que estuviera, naturalmente, quejándose sobre estas cosas sucediendo en la ciudad que lo tiene todo, no podíamos dejar de pensar orgullosas, “pero yo sí junté agua en casa, tú no”.
Monday, February 18, 2008
Otro Tipo de Mudanza
Antes de desempacar la mudanza que empezó en enero ya tuve que empacar para otra. Este post lo escribo en un aeropuerto y me dirijo a Lima, el lugar de donde salió mi primera mudanza. El vuelo 428 de Lan tuvo que ser reprogramado, está lleno, y ahora estoy rodeada de gente impaciente que ya está haciendo cola cuando el embarque todavía no empieza. Típico en peruanos, sólo nos basta ver una cola para creer que nos corresponde hacerla. La fila está sorprendentemente ordenada hoy: hay pocos viajeros de negocios, muchas familias con niños y el infaltable grupo de jubilados japoneses con el gorrito blanco. Mientras tanto, en la casa de la calle Billinghurst en Palermo quedan todavía muchas cajas sin abrir.
Siempre que vuelvo a Lima, lo hago mitad por trabajo y todo por placer. Viajar por trabajo y pasar las noches en hoteles muy cómodos pero impersonales deja de ser divertido después de hacerlo tantas veces, y la sensación de volver a una casa donde se huele comida y café y alguien te pregunta cómo estuvo tu día cobra otro significado cuando se vive lejos. Además, siempre será un placer volver a esa habitación que existe gracias a la convicción que mis padres tienen –y que yo ando buscando con cada vez más ganas-- de que algún día volveré a Lima definitivamente. Esa habitación me recibe siempre limpia, ordenada y con esperanza; esa misma habitación se convierte en un depósito cuando tomo el avión a Buenos Aires y la esperanza queda en standby.
Hoy terminó mi viaje de trabajo y comenzó el viaje por vacaciones. Todo el tiempo que tengo para vacaciones lo paso en Lima y aunque hoy Buenos Aires sea una ciudad más que familiar donde tengo una vida hecha, esta sigue siendo mi casa. Sólo en Lima puedo comer y comer sin hartarme; sólo en Lima puedo dormir una buena siesta; sólo en Lima me quedo dormida en los primeros quince minutos después de apoyar la cabeza en la almohada. Aunque haya ruido afuera, suenen insoportables los Nextels y los taxis que circulan sobre la calle José Gonzáles tengan el reggaeton a todo volumen.
Siempre que vuelvo a Lima, lo hago mitad por trabajo y todo por placer. Viajar por trabajo y pasar las noches en hoteles muy cómodos pero impersonales deja de ser divertido después de hacerlo tantas veces, y la sensación de volver a una casa donde se huele comida y café y alguien te pregunta cómo estuvo tu día cobra otro significado cuando se vive lejos. Además, siempre será un placer volver a esa habitación que existe gracias a la convicción que mis padres tienen –y que yo ando buscando con cada vez más ganas-- de que algún día volveré a Lima definitivamente. Esa habitación me recibe siempre limpia, ordenada y con esperanza; esa misma habitación se convierte en un depósito cuando tomo el avión a Buenos Aires y la esperanza queda en standby.
Hoy terminó mi viaje de trabajo y comenzó el viaje por vacaciones. Todo el tiempo que tengo para vacaciones lo paso en Lima y aunque hoy Buenos Aires sea una ciudad más que familiar donde tengo una vida hecha, esta sigue siendo mi casa. Sólo en Lima puedo comer y comer sin hartarme; sólo en Lima puedo dormir una buena siesta; sólo en Lima me quedo dormida en los primeros quince minutos después de apoyar la cabeza en la almohada. Aunque haya ruido afuera, suenen insoportables los Nextels y los taxis que circulan sobre la calle José Gonzáles tengan el reggaeton a todo volumen.
Monday, February 4, 2008
¿Quieres bajar de peso? ¡Múdate!
Un empleado común y corriente recibe por ley (argentina, por lo menos) un día libre en el trabajo para efectos de mudanza.
Deberían dar un día libre por la mudanza y tres más de catarsis. Otro día más para reponer las energías invertidas en la pelea con el dueño del departamento anterior y otro más por las dudas, por si tu nueva compañera de cuarto se olvidó que te mudabas ese día y tiene una invitada en el cuarto que supuestamente es tuyo. Otro para entregar las llaves al dueño anterior antes de la fecha pactada porque se le ocurrió irse de vacaciones y tiene en su poder el depósito de garantía (que es el equivalente a tenerte agarrada de las bolas que siendo mujer no tienes). Otro para ahora sí instalarte y sacar los cachivaches que tu compañera de cuarto dejó ahí aun sabiendo que ese cuarto ya no es un depósito, otro para entrenar a los gatos para que no se metan en tu cuarto y desordenen tus zapatos. En total debí tomarme dos semanas de mudanza.
Nunca pensé que sería tan complicado. Atrás quedaron los tiempos de los chicos del mameluco azul que empacaban todo, gratis y en un día. Además del esfuerzo físico que implica hacerlo todo sola, hay que sumarle el stress y el mal humor de estar a mitad de un traslado, con media vida en un lugar y la otra mitad en el otro, con un volumen de trabajo inusual para esta época del año, viviendo, otra vez, de maletas.
Una semana después del día "M" (era "M" de mudanza pero en realidad fue "M" de mierda), recién pude abrir las cajas numeradas que contenían fragmentos de mi vida dentro. Los libros fueron lo primero... cada volumen sumaba a la sensación de "hogar" que ni el olor a café pudo crear. Colocar la ropa en los colgadores también me trajo cierto sentido de pertenencia, así como llenar la refri con dos modestas cervecitas que me fui tomando durante los días subsiguientes. Aún no he invitado a nadie a conocer mi hogar; salvo Tomás y Yuriella, mis amigos que más cerca estuvieron en ese día siniestro, estoy esperando el momento preciso en que esta casa realmente sea un reflejo de lo que soy. Como fue mi casita de Palermo Hollywood.
Una semana después de ese día, también, me miré al espejo antes de entrar a la ducha. Me miré toda, de cabeza a los pies, y faltaba algo. Faltaban un par de kilos, sobresalían unas costillas y la panza estaba demasiado plana para estar sana. Muchas me envidiarían porque no me costó nada bajar tanto de peso, o quizá el costo fueron quince días de incertidumbre que tuve que ignorar por atender otros quehaceres, léase presentaciones estratégicas para clientes y reportes de análisis, y ahí las quiero ver, envídienme. Envidien los días de stress, la soledad de un departamento iluminado por un solo foco con solo una cama y nada más, o una habitación propia recargada con objetos ajenos. Envidien la libertad del vivir sola perdida a favor de la compañía de desconocidos que comparten tu techo. Chicas, mejor quédense gordas.
Deberían dar un día libre por la mudanza y tres más de catarsis. Otro día más para reponer las energías invertidas en la pelea con el dueño del departamento anterior y otro más por las dudas, por si tu nueva compañera de cuarto se olvidó que te mudabas ese día y tiene una invitada en el cuarto que supuestamente es tuyo. Otro para entregar las llaves al dueño anterior antes de la fecha pactada porque se le ocurrió irse de vacaciones y tiene en su poder el depósito de garantía (que es el equivalente a tenerte agarrada de las bolas que siendo mujer no tienes). Otro para ahora sí instalarte y sacar los cachivaches que tu compañera de cuarto dejó ahí aun sabiendo que ese cuarto ya no es un depósito, otro para entrenar a los gatos para que no se metan en tu cuarto y desordenen tus zapatos. En total debí tomarme dos semanas de mudanza.
Nunca pensé que sería tan complicado. Atrás quedaron los tiempos de los chicos del mameluco azul que empacaban todo, gratis y en un día. Además del esfuerzo físico que implica hacerlo todo sola, hay que sumarle el stress y el mal humor de estar a mitad de un traslado, con media vida en un lugar y la otra mitad en el otro, con un volumen de trabajo inusual para esta época del año, viviendo, otra vez, de maletas.
Una semana después del día "M" (era "M" de mudanza pero en realidad fue "M" de mierda), recién pude abrir las cajas numeradas que contenían fragmentos de mi vida dentro. Los libros fueron lo primero... cada volumen sumaba a la sensación de "hogar" que ni el olor a café pudo crear. Colocar la ropa en los colgadores también me trajo cierto sentido de pertenencia, así como llenar la refri con dos modestas cervecitas que me fui tomando durante los días subsiguientes. Aún no he invitado a nadie a conocer mi hogar; salvo Tomás y Yuriella, mis amigos que más cerca estuvieron en ese día siniestro, estoy esperando el momento preciso en que esta casa realmente sea un reflejo de lo que soy. Como fue mi casita de Palermo Hollywood.
Una semana después de ese día, también, me miré al espejo antes de entrar a la ducha. Me miré toda, de cabeza a los pies, y faltaba algo. Faltaban un par de kilos, sobresalían unas costillas y la panza estaba demasiado plana para estar sana. Muchas me envidiarían porque no me costó nada bajar tanto de peso, o quizá el costo fueron quince días de incertidumbre que tuve que ignorar por atender otros quehaceres, léase presentaciones estratégicas para clientes y reportes de análisis, y ahí las quiero ver, envídienme. Envidien los días de stress, la soledad de un departamento iluminado por un solo foco con solo una cama y nada más, o una habitación propia recargada con objetos ajenos. Envidien la libertad del vivir sola perdida a favor de la compañía de desconocidos que comparten tu techo. Chicas, mejor quédense gordas.
Friday, January 25, 2008
HOY ES EL DIA M
El informe completo... cuando el flete termine de descargar todos los bultos y yo termine dos presentaciones que tengo que hacer para el lunes!
Friday, January 18, 2008
La casa de Arévalo en cifras
Aumentos de alquiler: 6
Visitas Ilustres: 8--Skander, Nito, Carla, el hermanito de Joel, Mary, Mari, Meylin, Pili, Marilu y co.
Noches de Juegos hosted: 2
Noches de Calabazas hosted: 2
Quemadas de terma: 1
Veces que se me quedó la llave adentro: 1
Botellas de vino descorchadas: 104

Logros del día de hoy:
Visitas Ilustres: 8--Skander, Nito, Carla, el hermanito de Joel, Mary, Mari, Meylin, Pili, Marilu y co.
Noches de Juegos hosted: 2
Noches de Calabazas hosted: 2
Quemadas de terma: 1
Veces que se me quedó la llave adentro: 1
Botellas de vino descorchadas: 104
Logros del día de hoy:
- Se llevaron el futon
- Cerré cuatro cajas
Tuesday, January 15, 2008
¿Rompiste con tu enamorado y estás triste? ¡Múdate!
Ayer no me tocó cerrar una caja; me tocó cerrar una historia.
En este blog no habrá detalles de la relación ni de cómo terminó porque se trata de una persona que respeto y quiero demasiado como para contarlos; pero esas historias en las que un amor termina y alguno de ellos se muda para empezar de nuevo son simplemente fascinantes. Yo soy de las que gravitan hacia el cambio; sin él me aburro. Y aunque la mía sea una historia de mudanza que justo coincidió con la de un amor que se termina, ya puedo contarle a mis nietos que me mudé en el 2008, el mismo año en que terminó un viejo amor.
Hoy fue mi primer día de soltera del año. Aún no he soltado una lágrima desde el "ya fue" (felizmente esas no fueron las palabras, si no en vez de mudarme le habría quemado la casa a él), no tengo tiempo para llorar, además se me hincha la cara como una papa al día siguiente. Desde que desperté sabía que iba a ser un día "jodido": primer día sin esperar la llamada o el mensajito o el chat, primer día de hacer planes sin consultar, primer día inventando respuestas a "¿por qué no vienes con Fulanito?" o "¿cómo está Fulanito?" o "¿por qué no vas a ir a Noche de Juegos"? Primer día de calor de 42ºC con las piernas sin depilar, o sea, en jeans. Pero también es un día común: un día más de levantarse temprano para ir a Zona Norte a una reunión con un cliente, un día más de 10 horas de trabajo, de responder a los emails de gente que quiere comprar mis muebles, que quiere mirar el departamento. Hay tiempo para tener pena, pero no para soltarla.
Estoy debatiendo cuándo podré soltar la pena, pero ahora lo que más me estresa no es la ruptura sino la mudanza. Lo que más me angustia no es el ex sino el dueño del departamento donde vivo, que quiere cobrarme dos meses de penalidad por la otra ruptura, la del contrato de locación. Quiere 60 días de preaviso. Yo le dí una notificación de 30 días con varios más de yapa y ofrezco cero penalidad, porque eso es lo que está escrito y papelito manda. Hace un par de años hicimos él y yo un acuerdo que no estuvo escrito, y terminó metiéndome una yuca del tamaño del Obelisco. Pero aprendí mi lección. Ahora es todo por escrito. 30 días dice, 30 días serán.
Me hago la valiente, pero me aterra sentarme frente a él a pelear por mis derechos. Sé que voy a perder la razón y armarle el árbol genealógico en una sola frase y me acordaré especialmente de su mamá. Conseguí ayuda. Uno de mis mejores amigos en Buenos Aires estará ahí conmigo en esa reunión siniestra. El me ofreció un abogado; yo le pedí que sólo ponga cara de malo cuando la aguja se mueve a favor del dueño. Eso haremos.
Pensar mi plan de ataque al dueño de mi departamento con la ayuda de mi amigo con cara de malo no me ha dejado ni pensar en cómo será mi vida en sin esta casa y sin mi chico: puedo asumir entonces que se trata de un buen remedio para un corazón roto. ¿Tendré la misma pena mañana? Seguro que sí. ¿Tendré tiempo para echarme a lamentarlo? No creo, mañana vienen a recoger el futon y a ver los estantes a ver si se los llevan. ¿Pasado mañana? No, hay que seguir embalando cosas.
En el fondo, entiendo por qué el dueño de mi departamento quiere 60 días de preaviso en vez de los 30 de rigor: el preaviso de que una relación se va a terminar estresa. Porque significa que desde ese momento ya no vamos a vivirla; sólo anticipar y hope for the best. Anticipar cuántos días quedan por vivir en una casa, dejarlos por escrito pero discutirlos; cuántas razones para dejar un amor; irremediables pero invisibles. Anticipar para luego extrañar y soñar con cómo era la vida antes de una simple notificación.
En este blog no habrá detalles de la relación ni de cómo terminó porque se trata de una persona que respeto y quiero demasiado como para contarlos; pero esas historias en las que un amor termina y alguno de ellos se muda para empezar de nuevo son simplemente fascinantes. Yo soy de las que gravitan hacia el cambio; sin él me aburro. Y aunque la mía sea una historia de mudanza que justo coincidió con la de un amor que se termina, ya puedo contarle a mis nietos que me mudé en el 2008, el mismo año en que terminó un viejo amor.
Hoy fue mi primer día de soltera del año. Aún no he soltado una lágrima desde el "ya fue" (felizmente esas no fueron las palabras, si no en vez de mudarme le habría quemado la casa a él), no tengo tiempo para llorar, además se me hincha la cara como una papa al día siguiente. Desde que desperté sabía que iba a ser un día "jodido": primer día sin esperar la llamada o el mensajito o el chat, primer día de hacer planes sin consultar, primer día inventando respuestas a "¿por qué no vienes con Fulanito?" o "¿cómo está Fulanito?" o "¿por qué no vas a ir a Noche de Juegos"? Primer día de calor de 42ºC con las piernas sin depilar, o sea, en jeans. Pero también es un día común: un día más de levantarse temprano para ir a Zona Norte a una reunión con un cliente, un día más de 10 horas de trabajo, de responder a los emails de gente que quiere comprar mis muebles, que quiere mirar el departamento. Hay tiempo para tener pena, pero no para soltarla.
Estoy debatiendo cuándo podré soltar la pena, pero ahora lo que más me estresa no es la ruptura sino la mudanza. Lo que más me angustia no es el ex sino el dueño del departamento donde vivo, que quiere cobrarme dos meses de penalidad por la otra ruptura, la del contrato de locación. Quiere 60 días de preaviso. Yo le dí una notificación de 30 días con varios más de yapa y ofrezco cero penalidad, porque eso es lo que está escrito y papelito manda. Hace un par de años hicimos él y yo un acuerdo que no estuvo escrito, y terminó metiéndome una yuca del tamaño del Obelisco. Pero aprendí mi lección. Ahora es todo por escrito. 30 días dice, 30 días serán.
Me hago la valiente, pero me aterra sentarme frente a él a pelear por mis derechos. Sé que voy a perder la razón y armarle el árbol genealógico en una sola frase y me acordaré especialmente de su mamá. Conseguí ayuda. Uno de mis mejores amigos en Buenos Aires estará ahí conmigo en esa reunión siniestra. El me ofreció un abogado; yo le pedí que sólo ponga cara de malo cuando la aguja se mueve a favor del dueño. Eso haremos.
Pensar mi plan de ataque al dueño de mi departamento con la ayuda de mi amigo con cara de malo no me ha dejado ni pensar en cómo será mi vida en sin esta casa y sin mi chico: puedo asumir entonces que se trata de un buen remedio para un corazón roto. ¿Tendré la misma pena mañana? Seguro que sí. ¿Tendré tiempo para echarme a lamentarlo? No creo, mañana vienen a recoger el futon y a ver los estantes a ver si se los llevan. ¿Pasado mañana? No, hay que seguir embalando cosas.
En el fondo, entiendo por qué el dueño de mi departamento quiere 60 días de preaviso en vez de los 30 de rigor: el preaviso de que una relación se va a terminar estresa. Porque significa que desde ese momento ya no vamos a vivirla; sólo anticipar y hope for the best. Anticipar cuántos días quedan por vivir en una casa, dejarlos por escrito pero discutirlos; cuántas razones para dejar un amor; irremediables pero invisibles. Anticipar para luego extrañar y soñar con cómo era la vida antes de una simple notificación.
Subscribe to:
Posts (Atom)
