Friday, January 25, 2008
HOY ES EL DIA M
El informe completo... cuando el flete termine de descargar todos los bultos y yo termine dos presentaciones que tengo que hacer para el lunes!
Friday, January 18, 2008
La casa de Arévalo en cifras
Aumentos de alquiler: 6
Visitas Ilustres: 8--Skander, Nito, Carla, el hermanito de Joel, Mary, Mari, Meylin, Pili, Marilu y co.
Noches de Juegos hosted: 2
Noches de Calabazas hosted: 2
Quemadas de terma: 1
Veces que se me quedó la llave adentro: 1
Botellas de vino descorchadas: 104

Logros del día de hoy:
Visitas Ilustres: 8--Skander, Nito, Carla, el hermanito de Joel, Mary, Mari, Meylin, Pili, Marilu y co.
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Quemadas de terma: 1
Veces que se me quedó la llave adentro: 1
Botellas de vino descorchadas: 104
Logros del día de hoy:
- Se llevaron el futon
- Cerré cuatro cajas
Tuesday, January 15, 2008
¿Rompiste con tu enamorado y estás triste? ¡Múdate!
Ayer no me tocó cerrar una caja; me tocó cerrar una historia.
En este blog no habrá detalles de la relación ni de cómo terminó porque se trata de una persona que respeto y quiero demasiado como para contarlos; pero esas historias en las que un amor termina y alguno de ellos se muda para empezar de nuevo son simplemente fascinantes. Yo soy de las que gravitan hacia el cambio; sin él me aburro. Y aunque la mía sea una historia de mudanza que justo coincidió con la de un amor que se termina, ya puedo contarle a mis nietos que me mudé en el 2008, el mismo año en que terminó un viejo amor.
Hoy fue mi primer día de soltera del año. Aún no he soltado una lágrima desde el "ya fue" (felizmente esas no fueron las palabras, si no en vez de mudarme le habría quemado la casa a él), no tengo tiempo para llorar, además se me hincha la cara como una papa al día siguiente. Desde que desperté sabía que iba a ser un día "jodido": primer día sin esperar la llamada o el mensajito o el chat, primer día de hacer planes sin consultar, primer día inventando respuestas a "¿por qué no vienes con Fulanito?" o "¿cómo está Fulanito?" o "¿por qué no vas a ir a Noche de Juegos"? Primer día de calor de 42ºC con las piernas sin depilar, o sea, en jeans. Pero también es un día común: un día más de levantarse temprano para ir a Zona Norte a una reunión con un cliente, un día más de 10 horas de trabajo, de responder a los emails de gente que quiere comprar mis muebles, que quiere mirar el departamento. Hay tiempo para tener pena, pero no para soltarla.
Estoy debatiendo cuándo podré soltar la pena, pero ahora lo que más me estresa no es la ruptura sino la mudanza. Lo que más me angustia no es el ex sino el dueño del departamento donde vivo, que quiere cobrarme dos meses de penalidad por la otra ruptura, la del contrato de locación. Quiere 60 días de preaviso. Yo le dí una notificación de 30 días con varios más de yapa y ofrezco cero penalidad, porque eso es lo que está escrito y papelito manda. Hace un par de años hicimos él y yo un acuerdo que no estuvo escrito, y terminó metiéndome una yuca del tamaño del Obelisco. Pero aprendí mi lección. Ahora es todo por escrito. 30 días dice, 30 días serán.
Me hago la valiente, pero me aterra sentarme frente a él a pelear por mis derechos. Sé que voy a perder la razón y armarle el árbol genealógico en una sola frase y me acordaré especialmente de su mamá. Conseguí ayuda. Uno de mis mejores amigos en Buenos Aires estará ahí conmigo en esa reunión siniestra. El me ofreció un abogado; yo le pedí que sólo ponga cara de malo cuando la aguja se mueve a favor del dueño. Eso haremos.
Pensar mi plan de ataque al dueño de mi departamento con la ayuda de mi amigo con cara de malo no me ha dejado ni pensar en cómo será mi vida en sin esta casa y sin mi chico: puedo asumir entonces que se trata de un buen remedio para un corazón roto. ¿Tendré la misma pena mañana? Seguro que sí. ¿Tendré tiempo para echarme a lamentarlo? No creo, mañana vienen a recoger el futon y a ver los estantes a ver si se los llevan. ¿Pasado mañana? No, hay que seguir embalando cosas.
En el fondo, entiendo por qué el dueño de mi departamento quiere 60 días de preaviso en vez de los 30 de rigor: el preaviso de que una relación se va a terminar estresa. Porque significa que desde ese momento ya no vamos a vivirla; sólo anticipar y hope for the best. Anticipar cuántos días quedan por vivir en una casa, dejarlos por escrito pero discutirlos; cuántas razones para dejar un amor; irremediables pero invisibles. Anticipar para luego extrañar y soñar con cómo era la vida antes de una simple notificación.
En este blog no habrá detalles de la relación ni de cómo terminó porque se trata de una persona que respeto y quiero demasiado como para contarlos; pero esas historias en las que un amor termina y alguno de ellos se muda para empezar de nuevo son simplemente fascinantes. Yo soy de las que gravitan hacia el cambio; sin él me aburro. Y aunque la mía sea una historia de mudanza que justo coincidió con la de un amor que se termina, ya puedo contarle a mis nietos que me mudé en el 2008, el mismo año en que terminó un viejo amor.
Hoy fue mi primer día de soltera del año. Aún no he soltado una lágrima desde el "ya fue" (felizmente esas no fueron las palabras, si no en vez de mudarme le habría quemado la casa a él), no tengo tiempo para llorar, además se me hincha la cara como una papa al día siguiente. Desde que desperté sabía que iba a ser un día "jodido": primer día sin esperar la llamada o el mensajito o el chat, primer día de hacer planes sin consultar, primer día inventando respuestas a "¿por qué no vienes con Fulanito?" o "¿cómo está Fulanito?" o "¿por qué no vas a ir a Noche de Juegos"? Primer día de calor de 42ºC con las piernas sin depilar, o sea, en jeans. Pero también es un día común: un día más de levantarse temprano para ir a Zona Norte a una reunión con un cliente, un día más de 10 horas de trabajo, de responder a los emails de gente que quiere comprar mis muebles, que quiere mirar el departamento. Hay tiempo para tener pena, pero no para soltarla.
Estoy debatiendo cuándo podré soltar la pena, pero ahora lo que más me estresa no es la ruptura sino la mudanza. Lo que más me angustia no es el ex sino el dueño del departamento donde vivo, que quiere cobrarme dos meses de penalidad por la otra ruptura, la del contrato de locación. Quiere 60 días de preaviso. Yo le dí una notificación de 30 días con varios más de yapa y ofrezco cero penalidad, porque eso es lo que está escrito y papelito manda. Hace un par de años hicimos él y yo un acuerdo que no estuvo escrito, y terminó metiéndome una yuca del tamaño del Obelisco. Pero aprendí mi lección. Ahora es todo por escrito. 30 días dice, 30 días serán.
Me hago la valiente, pero me aterra sentarme frente a él a pelear por mis derechos. Sé que voy a perder la razón y armarle el árbol genealógico en una sola frase y me acordaré especialmente de su mamá. Conseguí ayuda. Uno de mis mejores amigos en Buenos Aires estará ahí conmigo en esa reunión siniestra. El me ofreció un abogado; yo le pedí que sólo ponga cara de malo cuando la aguja se mueve a favor del dueño. Eso haremos.
Pensar mi plan de ataque al dueño de mi departamento con la ayuda de mi amigo con cara de malo no me ha dejado ni pensar en cómo será mi vida en sin esta casa y sin mi chico: puedo asumir entonces que se trata de un buen remedio para un corazón roto. ¿Tendré la misma pena mañana? Seguro que sí. ¿Tendré tiempo para echarme a lamentarlo? No creo, mañana vienen a recoger el futon y a ver los estantes a ver si se los llevan. ¿Pasado mañana? No, hay que seguir embalando cosas.
En el fondo, entiendo por qué el dueño de mi departamento quiere 60 días de preaviso en vez de los 30 de rigor: el preaviso de que una relación se va a terminar estresa. Porque significa que desde ese momento ya no vamos a vivirla; sólo anticipar y hope for the best. Anticipar cuántos días quedan por vivir en una casa, dejarlos por escrito pero discutirlos; cuántas razones para dejar un amor; irremediables pero invisibles. Anticipar para luego extrañar y soñar con cómo era la vida antes de una simple notificación.
Saturday, January 12, 2008
Soy una chiquita cachivachera que le gusta cachivachear
Según el diccionario de la RAE, cachivache--cosa rota o arrinconada por inútil. Cachivachero, dicho de una persona: Que guarda cosas innecesarias.
Dorothy era una chica koreana que fue adoptada por una madre americana y vivió desde los ocho años en New Jersey. Cuando tocó mi puerta para mudarse al departamento de dos dormitorios que alquilaba sobre la Novena Avenida en Nueva York, sabía que iba a ser una compañera de cuarto tranquila pero iba a necesitar paciencia. En efecto, vino con dos gatos, los cuales no dejé que salieran de su dormitorio (aunque sin razón aparente toda la casa se llenaba de pelos), y tenía el hábito de guardarlo todo. Entrar a su cuarto era entrar a un almacén. Todos los palitos del delivery de sushi, ok, yo también los guardo, pero, ¿es necesario guardar las plantitas artificiales que decoran la caja del sushi? No creo. Los recipientes del delivery de comida de plástico con tapa, sí, ok, sirven para el microondas. Pero, ¿los vasitos plásticos donde viene la salsita? Nunca se lo cuestioné porque no era de mi incumbencia, además lo atribui a sus ocho primeros años de vida de pobreza antes de ser adoptada. Pero luego de la experiencia de vivir con ella sólo pude tildarla de loca.
De vez en cuando me da por tirar cosas pero la mayoría de veces pienso que los objetos tienen una vida útil más larga de lo que creemos. Especialmente la ropa. Por eso mi obsesión con etiquetar mis prendas con el año en el que las compré, por eso mi valija con ítems "esperando hasta que sea vintage", por eso la página excel con todo ello organizado.
Una de las misiones a cumplir en este mes de mudanza era reducir el volumen de mis pertenencias por lo menos en un tercio. Estaba dispuesta a ser implacable: a desprenderme de las prendas del siglo pasado; a regalarle medio guardarropa a Mónica, mi portera; a cargar más en el camión del Ejército de Salvación que en el flete de mudanzas. Ahora veo que esas botas que me mandé a hacer en Jesús María hace años y me quedaron pésimas pueden reciclarse cambiándole los tacos. El tiro alto está de moda otra vez así que un pantalón del '98 tiene chances diez años después. Quizá vuelva a nevar en Buenos Aires este año así que necesito los guantes para la nieve y el casacón de plumas que usaba durante las tormentas en Nueva York. Todo sirve.
¿No me estaré convirtiendo en una Dorothy?¿No se me habrá contagiado lo loca? Por las dudas, el que lea esto por favor hágame acordar que tengo que tirar las cajitas de delivery.
Dorothy era una chica koreana que fue adoptada por una madre americana y vivió desde los ocho años en New Jersey. Cuando tocó mi puerta para mudarse al departamento de dos dormitorios que alquilaba sobre la Novena Avenida en Nueva York, sabía que iba a ser una compañera de cuarto tranquila pero iba a necesitar paciencia. En efecto, vino con dos gatos, los cuales no dejé que salieran de su dormitorio (aunque sin razón aparente toda la casa se llenaba de pelos), y tenía el hábito de guardarlo todo. Entrar a su cuarto era entrar a un almacén. Todos los palitos del delivery de sushi, ok, yo también los guardo, pero, ¿es necesario guardar las plantitas artificiales que decoran la caja del sushi? No creo. Los recipientes del delivery de comida de plástico con tapa, sí, ok, sirven para el microondas. Pero, ¿los vasitos plásticos donde viene la salsita? Nunca se lo cuestioné porque no era de mi incumbencia, además lo atribui a sus ocho primeros años de vida de pobreza antes de ser adoptada. Pero luego de la experiencia de vivir con ella sólo pude tildarla de loca.
De vez en cuando me da por tirar cosas pero la mayoría de veces pienso que los objetos tienen una vida útil más larga de lo que creemos. Especialmente la ropa. Por eso mi obsesión con etiquetar mis prendas con el año en el que las compré, por eso mi valija con ítems "esperando hasta que sea vintage", por eso la página excel con todo ello organizado.
Una de las misiones a cumplir en este mes de mudanza era reducir el volumen de mis pertenencias por lo menos en un tercio. Estaba dispuesta a ser implacable: a desprenderme de las prendas del siglo pasado; a regalarle medio guardarropa a Mónica, mi portera; a cargar más en el camión del Ejército de Salvación que en el flete de mudanzas. Ahora veo que esas botas que me mandé a hacer en Jesús María hace años y me quedaron pésimas pueden reciclarse cambiándole los tacos. El tiro alto está de moda otra vez así que un pantalón del '98 tiene chances diez años después. Quizá vuelva a nevar en Buenos Aires este año así que necesito los guantes para la nieve y el casacón de plumas que usaba durante las tormentas en Nueva York. Todo sirve.
¿No me estaré convirtiendo en una Dorothy?¿No se me habrá contagiado lo loca? Por las dudas, el que lea esto por favor hágame acordar que tengo que tirar las cajitas de delivery.
Prioridades
Nuestra vida es el resultado de decisiones grandes y chicas. Lo que parece obviedad no lo es tanto cuando pensamos, "oh, hoy voy a tomar una decisión muy importante para mi vida". Cuando decidí mudarme de Nueva York a Buenos Aires pensé que sería una cosa pequeña, sólo de un año. Eso fue en el 2004. Mudarme de un departamento de un ambiente en Palermo a una casita en el mismo barrio suena a un detalle mínimo en la vida urbana de una persona soltera sin grandes responsabilidades, pero para mi significa mucho, lo suficiente para tener un blog acerca de ello y ocultar los proyectos literarios anteriores.
Decidir significa priorizar. ¿Buenos Aires o Lima? ¿Casa compartida o departamento sola? ¿Regular o light? ¿De pescado o de mariscos? ¿Para comer acá o para llevar? ¿Sí o no?
¿Vendo la refri o me la llevo a la nueva casa? Parecía una decisión rápida: la vendo. Publiqué un aviso, respondí a los interesados, armé el esquema de mi nuevo espacio sin la refri. Mi mamá sugirió que me la lleve; dije que no porque era mejor venderla. Mi papá volvió a sugerirlo; dije que no porque ya estaba decidido. Además, mis dos sillas favoritas tenían que entrar sí o sí, y una habitación de 4x4 no da para tanto. Bastante estoy sacrificando vendiendo mi cama, los estantes que heredé de un amigo de un ex-novio y el futon que compré para mis visitas ilustres. Mis sillas, no.
Pero, un momento. ¿Y la comida? La nueva casa tiene una "heladera" que se puede compartir, así que no habría problema, lo he hecho antes con mi roommate Chantal en Richmond y Claudio y Dorothy en Nueva York, pero sólo porque nunca me atrevería a comer lo que ellos comían. La comida en mi vida tiene casi tanta importancia como la tienen los trapos de los noventas. ¿Podré volver atrás y dejar que otro use mi santuario frigorífico?
Una de las sillas de Ikea está a la venta. Consulte.
Thursday, January 10, 2008
El Olor de Casa
Desde que era chica, mi gran sueño fue que mis padres tuvieran una casa propia. En el año 2004 sucedieron varias cosas que hicieron que en el año 2005 pudiéramos finalmente cumplir ese sueño. Yo ya no vivo más en Lima; pero siento que esa nueva casa es tan mía como de ellos.
Entre diciembre del 2005 y enero del 2006 pasé una temporada en la nueva casa, y en una clase de redacción de crónica periodística que tomé, uno de los ejercicios fue describir el olor de nuestra casa. Este es el texto que nació con ese ejercicio, publicado en un blog anterior mío.
"Mi casa huele a jabón y a ropa recién planchada; a frutas y verduras; a madera y a pintura; a libros y periódicos.
¡Mi casa huele!
Huele a húmedo, pero también a seco; a desorden pero también a limpieza; a nuevo, pero también a viejo. Sobre todo eso, a nuevo y a viejo.
El edificio se terminó de construir en marzo y mi familia se instaló en abril. Durante nuestras visitas a la obra antes de terminada, desde que era un simple hueco sobre la tierra hasta que nos entregaron las llaves del departamento, la casa olió a tierra seca, luego a tierra húmeda, luego a cemento, luego a madera, luego a pintura, luego a barniz y luego otra vez a pintura. La combinación inconfundible de cemento fresco, de madera recién colocada y pintura recién puesta, acompañada del eco de una habitación vacía y el nuevo sonido del seguro de una puerta, renueva el alma de una familia. Esta es nuestra primera casa propia; por eso, el olor a pintura fresca también es un olor a sueños cumplidos.
Pero a pesar de que mi casa tiene apenas seis meses de vida, también huele a viejo. Huele a décadas de típicas costumbres de japoneses que todo lo guardan. Huele a “mailings de marketing directo” del nuevo milenio, a fotocopias de facultad de los noventa, a cuadernos de colegio de los años ochenta, a “El Tesoro de La Juventud” de los setenta, a revistas Selecciones de los sesenta, al globo terráqueo de cuando el mundo tenía menos países. Un olfato agudo podría encontrar incluso cosas más viejas entre las cajas que hábilmente hemos logrado apiñar en 80 metros cuadrados.
Por eso mi casa también huele a resistencia. Quizá cada uno de nosotros, los que vivimos ahí, tenemos nuestras propias razones para priorizar el desorden sobre la vida moderna y casi minimalista que nos venden los programas de cable y los suplementos de decoración de El Comercio y donde una casa nueva es la mejor –si no la única—excusa para empezar de nuevo. Puede ser que nuestras cajas con cachivaches representen lo mejor de nuestras vidas y queramos conservarlas.
Quizá porque necesitamos que la casa huela a recuerdos y aún no los tiene; porque en el fondo, el olor de una casa es lo que lo convierte en un hogar."
Entre diciembre del 2005 y enero del 2006 pasé una temporada en la nueva casa, y en una clase de redacción de crónica periodística que tomé, uno de los ejercicios fue describir el olor de nuestra casa. Este es el texto que nació con ese ejercicio, publicado en un blog anterior mío.
"Mi casa huele a jabón y a ropa recién planchada; a frutas y verduras; a madera y a pintura; a libros y periódicos.
¡Mi casa huele!
Huele a húmedo, pero también a seco; a desorden pero también a limpieza; a nuevo, pero también a viejo. Sobre todo eso, a nuevo y a viejo.
El edificio se terminó de construir en marzo y mi familia se instaló en abril. Durante nuestras visitas a la obra antes de terminada, desde que era un simple hueco sobre la tierra hasta que nos entregaron las llaves del departamento, la casa olió a tierra seca, luego a tierra húmeda, luego a cemento, luego a madera, luego a pintura, luego a barniz y luego otra vez a pintura. La combinación inconfundible de cemento fresco, de madera recién colocada y pintura recién puesta, acompañada del eco de una habitación vacía y el nuevo sonido del seguro de una puerta, renueva el alma de una familia. Esta es nuestra primera casa propia; por eso, el olor a pintura fresca también es un olor a sueños cumplidos.
Pero a pesar de que mi casa tiene apenas seis meses de vida, también huele a viejo. Huele a décadas de típicas costumbres de japoneses que todo lo guardan. Huele a “mailings de marketing directo” del nuevo milenio, a fotocopias de facultad de los noventa, a cuadernos de colegio de los años ochenta, a “El Tesoro de La Juventud” de los setenta, a revistas Selecciones de los sesenta, al globo terráqueo de cuando el mundo tenía menos países. Un olfato agudo podría encontrar incluso cosas más viejas entre las cajas que hábilmente hemos logrado apiñar en 80 metros cuadrados.
Por eso mi casa también huele a resistencia. Quizá cada uno de nosotros, los que vivimos ahí, tenemos nuestras propias razones para priorizar el desorden sobre la vida moderna y casi minimalista que nos venden los programas de cable y los suplementos de decoración de El Comercio y donde una casa nueva es la mejor –si no la única—excusa para empezar de nuevo. Puede ser que nuestras cajas con cachivaches representen lo mejor de nuestras vidas y queramos conservarlas.
Quizá porque necesitamos que la casa huela a recuerdos y aún no los tiene; porque en el fondo, el olor de una casa es lo que lo convierte en un hogar."
Sunday, January 6, 2008
La segunda caja y ya me estoy aburriendo
Ayer cerré la segunda caja, con lo que quedaba de mis libros, los CDs originales y pirata, los marquitos de fotos. La segunda caja fue otro repaso de seis años de recuerdos y gusto musical más o menos constante (tengo aparte las toneras del 2001 al 2003 si a alguien le interesa, y si alguien tiene el mp3 de "El Embrujo" y "La Culebrítica" por favor compártalos), además de una fiebre por los portavelitas de Ikea.
Ayer también fue un repaso de varios cambios de guardarropa y de toma de decisiones. Decidí por fin hacer algo con ciertas prendas circa 1997: sacos entallados pero con hombreras (en qué estaban pensando????) A decir verdad, las usaría, de no ser porque mis brazotes se encogieron un poco y tengo menos con qué rellenar los sacos, y eso hace que las hombreras se vean más chorreadas que los brazos de varias [tías] que conozco. Además de esos sacos, tengo una maleta llena de ropa "esperando volverse vintage", o sea, hay que darle unos 10 añitos más, pero no sé si tendré la paciencia y el espacio para conservarlos, así que varios de esos ítems irán a parar de vuelta a Lima o a alguna "feria americana" como las llaman aquí. Espero no arrepentirme.
Logros del día [de ayer]:
Ayer también fue un repaso de varios cambios de guardarropa y de toma de decisiones. Decidí por fin hacer algo con ciertas prendas circa 1997: sacos entallados pero con hombreras (en qué estaban pensando????) A decir verdad, las usaría, de no ser porque mis brazotes se encogieron un poco y tengo menos con qué rellenar los sacos, y eso hace que las hombreras se vean más chorreadas que los brazos de varias [tías] que conozco. Además de esos sacos, tengo una maleta llena de ropa "esperando volverse vintage", o sea, hay que darle unos 10 añitos más, pero no sé si tendré la paciencia y el espacio para conservarlos, así que varios de esos ítems irán a parar de vuelta a Lima o a alguna "feria americana" como las llaman aquí. Espero no arrepentirme.
Logros del día [de ayer]:
- Desaparecí TODO lo que había debajo de mi cama y apareció una mancha de humedad sobre la alfombra. Yo no fui. Se nota que que hay rincones de un monoambiente donde jamás ha llegado una escoba (ni los ha mirado un par de ojos).
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