Tuesday, March 25, 2008

La primera noche de insomnio en la casa de Billinghurst

La casa de Arévalo fue célebre por las noches de insomnio que pasé en ella. Muchos fueron los culpables: cómo hago la presentación de mañana, un romance fallido, cómo subió el tomate, vecino pastrulo a qué hora cortarás con ese punchipunchi, cómo funcionarán las latitas de spray, se me está encogiendo la cuenta de ahorros, si vale la pena seguir con él, qué me pongo mañana, qué hijo de puta el dueño de este departamento, si será buena idea vivir con dos roommates y un gato, mañana tengo que viajar y no llamé al remis, qué mala cita tuve hoy, otro romance fallido.

La casa de Billinghurst, por el contrario, ya tiene dos meses de tranquilas noches de sueño. Compartir vivienda con una guitarra Gibson, un gato quilombero y una tele de 21" del otro lado de la mampara de mi cuarto hace que algunos props sean inevitables (tapones para oídos, 5 pesos en Farmacity; eyemask, gratis en los aviones) pero bendito sea el Feng Shui de esta casa porque es sorprendente que a casi dos meses de vivir aquí no haya sufrido una sola noche de insomnio.

Hasta hoy.

En cuatro semanas tuve cinco citas con un nuevo romance (fallido) en un (fallido) intento por ahora sí no meter la pata en asuntos del corazón. Ese, cuyo nombre empieza con S, me contactó por Facebook una noche de evidente aburrimiento que poco después se convirtió en una extensa y divertida charla. Alemán, estudiante de intercambio, ex investment banker y ex obrero de construcción--no sé qué me atrajo más, el que haya sido investment banker en algún momento o que haya tenido las agallas para dejarlo por convertirse en albañil. Una semana después nos encontramos para cenar y desde entonces las conversaciones mezcladas con chistes mezclados con la barrera del idioma mezclada con un carácter (mío) más asertivo que de costumbre convirtieron cada cita en breves pero súper interesantes jornadas. En la cita número tres tuvimos un malentendido que marcó el resto de nuestros encuentros, en la cita número cuatro me besó, y en la cita número cinco dudó. En la cita número seis lo charlaremos. Yo ya tengo una opinión al respecto, esta relación no va a continuar pero me gustaría saber qué piensa él.

La cita número seis nunca se dio. Ni se dará. No estoy segura si el detonante de mi insomnio de esta noche fue ese mensajito de texto, "We need to talk", o el hecho de que él me robara la idea de no seguir saliendo. La relación ya estaba destinada a un final no tan feliz en cualquier momento: mi afán por esta vez hacer las cosas bien me colocó en una posición más defensiva que nunca y S se quedó con una imagen de mi más dura de la que todos conocen; ambos somos personajes de paso por Buenos Aires y ambos creemos en las relaciones largas y duraderas. No iba a funcionar ni de casualidad.

Ahora no duermo porque no estoy tranquila, y sé que él tampoco. Esta relación no terminó como yo hubiera querido, con ambos saliendo dignamente por la puerta grande aunque fuera en direcciones opuestas. La puerta por la que salimos fue la más cercana y no necesariamente la más grande. Salimos, eso sí, despidiéndonos cordialmente y como corresponde, pero yo salí corriendo y no sé si él también porque en mi huída le di la espalda.

Para mi la historia está ya cerrada, pero parece que para la casita de Billinghurst y la lluvia que se desató cuando empecé a escribir este post, este capítulo todavía no termina.

Monday, March 24, 2008

La recién llegada

El despertador suena tres veces y hay que adivinar, en la interrupción del sueño, si "es para mi". Como el teléfono. ¿Será para mi esa llamada? ¿Será para mi ese despertador?

En esta casa viven tres personas y un gato. Antes éramos tres personas y dos gatos. Uno tuvo que dejar la casa por conflictos de convivencia (con el otro gato). Están también las visitas ocasionales de mis roommates. Ella sólo invita chicas a la casa y tiene un andar muy masculino para ser Lola. El es un adolescente emo al que todavía nadie le avisó que ya tiene 25. "El arte es mi vida", dice siempre Gonzalo despanzurrado frente a la tele comiendo trigo mientras se queja de no tener plata.

La tercera, la recién llegada, es amable con el gato pero no le aguanta pulgas (literamente). Le llena el platito de comida, se porta bien con él, le encantan los animales, pero este animalito es un poquito demasiado metiche, así que no le da mucha confianza. La recién llegada vive en su propio mundo, entra a la casa, se mete a su habitación donde tiene su propia heladera y cierra la puerta con pestillo para dejar marcado el territorio. También marcó territorio con dos latas de Raid antipulgas. Marcó territorio en el baño también: desde que llegó a a esa casa el baño está siempre limpio, salvo cuando viaja fuera de la ciudad. ¿Por qué se encierra la recién llegada? ¿Será para protegerse de algún ataque de los roommates? ¿Del gato? ¿O porque quiere sentir un poquito de control sobre lo incontrolable?

Monday, March 3, 2008

Los Cinco Dólares Que Me Salvaron

Aquí va otra del archivo. Esto fue escrito en el año 2005, pocos tiempo después de mi última visita a Nueva York, ciudad donde viví por más de un año antes de venir a Buenos Aires.

I moved out from New York one hot summer day. As I crossed Queensboro Bridge for the last time in a big car with a Greek flag hanging on the back windshield, the driver with a very heavy accent (as if I didn’t have an accent myself!) talked about how the Greek football team had won a match the night before. But my attention was only half focused on his talk (“Oh, so you are Peruvian? Peru used to have a great football team but not anymore, dunno what happened”). My mind was flirting with Manhattan, now behind my back, as I promised her in silence that I would come back because my story with her wasn’t over yet. Even when I was about to begin a new one with a new city thousands kilometers south.

I couldn’t help thinking about my dream city every single day. Buenos Aires is a city so easy to love, but, for some strange reason, our relationship started in very rational terms. Maybe because it was difficult for me to find my own space here and, being the optimist I am, I decided we would get along well. There were even times when I thought Buenos Aires could well be a jealous and possessive city; that she was not going to show me her true charm unless I devoted myself to her and quit thinking about another place.

One year after, when I had already begun to feel more comfortable in my new home, I delivered on my promise. Although the visit wasn’t long, coming back to New York was like a homecoming reunion to a very intense time in my life; I needed to prove myself that all the energy I left in that city had evolved, that my home was now Buenos Aires and that there was nothing left but good memories.

It seemed my old love had been waiting for me. On my 28th birthday, the city gave me a present: a five-dollar bill. I found it, or rather, it found me, in the restroom of a movie theater. The scene may not have been romantic, but it was real, as if NYC were saying, “it’s so good that you’re back, I was waiting for you”, or, “come back whenever you want because you will always be welcome”. The girl who had used the stall before me was not far away and I could still have reached her to give the bill back to her, but fuck honesty, for me this was nothing but a sign that New York still loved me as much as I loved her. So I kept the bill and decided to keep it as a token that it was the place where I belonged and would be there for me with open arms anytime I decided to come back. Those five dollars tucked in my jeans made me feel the richest woman on earth and I promised I’d never forget that moment, that it would be my lucky charm and my ticket back to the city of my dreams.

I never believed in lucky charms, but under the conditions how I’d found it, that little bill could not be anything else. One week later, I understood that not only would it magically rescue me, but also bring a twist into my life.

Back in Buenos Aires, at Marks Café in Palermo, with a laptop and Internet connection as my only companions, I had no cash to pay the bill. “We’re sorry, we don’t take cards” (or rather, we’re sorry, we don’t want to pay commissions for taking cards). For a moment I thought about leaving my laptop there and finding an ATM; but as I searched my wallet for a miracle, my lucky charm sneaked out, as if saying, “use me! This is the time!”

Walking back to my apartment, as I waited for the train to pass and cross the tracks on Honduras Avenue, I realized that the bill I found in New York had served its purpose: it wasn’t that it paid the coffee at Marks, but it made me reconnect with the city where I now live. So much complaining that Buenos Aires is still not my city only happens because I haven’t opened my heart to her and let her be my city, and even more so if I was still holding on to a made up promise behind five dollars that someone dropped in a restroom.

A coffee shop that doesn’t take credit cards pulled me back to earth. It released me from an amulet that would keep me emotionally tied to a place I’m still in love with and to whom I want to come back, while stopping me from opening myself to a new love that promises to give me just as many, or maybe more, happy moments.

Thanks, New York, because your gift helped me open my heart to the city that is now my home. And thanks, Buenos Aires, because you know that my will alone is still not enough and you’re helping me love you a bit more day by day.

Buenos Aires, June 2005

Sunday, March 2, 2008

Mercado de Pulgas

Cuando me di cuenta que había reemplazado el Rexona por Raid, me convencí de que había tocado fondo.

Me encanta mi casa nueva pero cuando elegí la casa de Lola acepté un máximo de dos roommates y dos gatos. Nadie me dijo que además, tenía que compartir mi techo --y peor aún, mi sangre-- con otros seres. Creo firmemente en la convivencia pacífica; no soy activista de Greenpeace pero respeto la vidas de otros animalitos; a los gatos no los dejo entrar en mi cuarto pero siempre estoy pendiente de que su platito de comida esté lleno. Pero no aguanto pulgas, literalmente.

Una semanas después de haberme instalado en el ph de la calle Billinghurst, tengo un mapa trazado sobre la panza y cada pierna. Une los puntos y descubrirás... un lindo abstracto, un Pollock con todo y chorreadita de pintura. En dos etapas: la primera trazada antes de irme a Lima y la segunda como lindo regalo de bienvenida. Las pulgas de Lorenzo y Loqui me están volviendo loqui a mí. El jueves, en un ataque de desesperación, corrí a mi doctora para que me recete algo. Un Xanax me habría venido bastante bien, pero me conformé con una pomadita antibiótica y la resignación de tener una sangre con pH "pulga friendly". Gracias a Dios la pomada funciona, el Raid de latita morada también, así como mi voluntad inquebrantable de barrer el cuarto cada mañana. Mi mamá estaría hinchando el pecho de orgullo.

Parece que hasta el momento vengo ganando la batalla. Las picaduras están cada vez más pequeñas y aunque aún no me atrevo a ponerme una falda, creo que mi sangre es nuevamente mía, y sólo mía.

Sunday, February 24, 2008

El Apagón

Ya de vuelta en Buenos Aires y con una mudanza más o menos finalizada, no quiero dejar de contar historias sobre mi vida en las casas y las ciudades a donde me mudé. Este un copipeist de mi antiguo blog; esta historia fue escrita, a mano, en agosto del 2003. Definitivamente una de las primeras.

A pesar de haber vivido mi niñez en el Perú de los años ochenta, con las constantes amenazas a nuestra seguridad, la hiperinflación y claro, los apagones a la orden del día, tenía que ser Nueva York la ciudad donde viví el apagón más largo de mi vida: el gran apagón de agosto del 2003.

La noticia dio la vuelta al mundo. Desde el jueves 13 de agosto hasta el mediodía del viernes, medio país quedó a oscuras. Fue algo muy confuso al principio; podría ser algo pasajero, la electricidad volvería pronto, pero cuando empecé a recibir llamadas de mis amigos, “¿en tu oficina tampoco hay luz?”, la confusión dio paso al temor. Los altoparlantes del Worldwide Plaza anunciaban “no tener conocimiento todavía de las causas del problema” y cada vez se escuchaban más rumores y cuchicheos que no hacían más que aumentar la confusión. En el fondo, la neurosis en torno a la seguridad en Estados Unidos, y especialmente en Nueva York, daba pie a muchas ideas, que si será un ataque terrorista, que si será esto o lo otro, y para evitar hablar del tema empezaron los comentarios en broma y el ánimo de divertirse, o de simplemente volver a casa… al fin y al cabo, era jueves, así que el fin de semana empezaba mucho antes de lo previsto. Tuve suerte de no estar en un ascensor ni en el subterráneo en ese momento, y también tuve la suerte de vivir a tres cuadras del trabajo, con lo cual el viaje de regreso a casa sólo fue distinto por 15 pisos de bajada por escaleras. Mientras caminaba a casa, vi toda la Novena Avenida, en estos últimos años uno de los barrios de moda en Manhattan, con tantos restaurantes y bares, repleta de gente con sus cervezas, celebrando un fin de semana adelantado.

Cada quien tuvo que encontrar la manera de llegar a casa. Mi amiga Mika, que trabajaba cerca de Grand Central Station, no podía llegar a su casa porque vivía en East Village, así que decidió que lo mejor sería caminar hasta mi departamento, y me encontró en la puerta de mi edificio mientras yo llamaba a casa en Lima (desde un teléfono público, porque los celulares no funcionaban) a avisar a mi familia que todo estaba bien, que no se preocuparan por mi, porque seguramente la noticia ya les había llegado por televisión. Claudio, mi roommate, no se apareció sino hasta bien entrada la noche, ya que tuvo que caminar desde Tribeca hasta Hell’s Kitchen, nuestro barrio.

Como buenas latinas (Mika es argentina), tomamos las precauciones inmediatas del caso, y con cada cosa que hacíamos, recordé todo lo que se hacía en casa cuando yo tenía 10 o 12 años y los cortes de luz en Lima eran cosa de todos los días. Y pensé en cómo un país del primer mundo, con toda la tecnología que puede costearse no está para nada preparado para casos de emergencia como éstos; y extrañé tantas cosas que en Lima daba por sentado.

Las velas
La imagen que quedó grabada en mi mente durante un apagón era la vela blanca, la típica “vela de apagón”, con la cera derritiéndose y cayendo sobre el candelabro perfecto: una botella vacía de Coca Cola de un litro (ni más grande ni más chica). En un país donde las velas sólo cumplen un rol decorativo, las “tealights” (todas las que pudimos encontrar), más las enormes velas perfumadas nos sirvieron como única alternativa, aunque la fragancia que emanaban era realmente abrumadora tomando en cuenta el calor que hacía allá afuera (especialmente porque el uso excesivo de aire acondicionado fue lo que provocó la saturación de las redes eléctricas).

El agua
Pocos saben que cuando no hay electricidad, dentro de poco no habrá agua. Definitivamente toda esa gente chupando en los bares de la Novena Avenida nunca pensaron en eso, y después de tanta cerveza no quiero ni pensar en qué estado quedaron los baños de todos esos lugares. Mika fue la de la idea; juntemos agua en la bañera, ya que al vivir en el quinto piso, pronto se acabaría el agua del tanque y no habría presión para que el agua de las cañerías suba hasta nuestro departamento. Una bañera entera sería una reserva suficiente hasta que volviera la luz, esperando lo peor. Y era obvio que el agua no era para aseo personal.

La refrigeradora
Se acercaba la hora de cenar y lo primero que pensamos fue cocinar todo lo que pudiera malograrse rápido. No fue suficiente. El tofu se echó a perder, igual que la leche. En Lima era inimaginable guardar tofu por más de medio día, y la leche es en su mayoría evaporada y se vende en latas, con lo cual el refrigerador tiene menos responsabilidad en caso de un apagón.

El teléfono
Muchos chicos de la ciudad, en nuestro intento por pagar la menor cantidad de cuentas al mes, decidimos tener sólo el teléfono celular (que es lo que más nos sirve, nunca estamos en casa ni siquiera los fines de semana) y usarlo para todo. En este caso de nada nos sirvió el celular. No había manera de saber qué partes de la ciudad seguían a oscuras y qué había sucedido realmente.

Pilas
Cuando no las necesitamos, nunca pensamos en ellas. Desde el día del apagón no dejé de tener pilas en casa. En el departamento de Hell’s Kitchen teníamos radio pero no teníamos cómo hacerla funcionar. Mis recuerdos de apagones en Lima están siempre acompañados de Radioprogramas del Perú. Esa vez fue diferente. No hubo Radioprogramas, ni manera de enterarnos qué sucedía allá afuera, salvo los bares repletos de la Novena Avenida y el gran hueco negro que en condiciones normales eran los reflejos de las luces de Times Square.

Piso de Cemento
A falta de aire acondicionado --y de muebles en ese momento, porque recién nos habíamos mudado y los muebles de Ikea recién llegaban al día siguiente--, no nos quedó otra sino pasar el tiempo sentados en el piso cerámico de la cocina. Resultó que no sólo fue una noche de historias interesantes a la luz de las velas, sino que también pudimos refrescarnos en el piso frío. El preciado piso de madera, no importa cuán lindo y cálido, jamás habría hecho suficientes méritos para ingresar en esta lista de ítems de primera necesidad.

Cafetera Gota a Gota
El café de mi mamá siempre fue bastante popular dentro de la familia y nuestro círculo cercano. El secreto: una vieja cafetera gota a gota, de esas que a punta de paciencia logran la más deliciosa esencia de café y el aroma que más me hace recordar mi infancia. Pues resulta que no sólo es, a mi entender, la mejor manera de hacer café, sino también la única posible cuando la energía eléctrica no está de nuestro lado para activar una sofisticada máquina de espresso o una simple cafetera Mr. Coffee. El 14 de agosto, el segundo día del apagón, sólo encontré café luego de caminar unas veinte cuadras.

La electricidad volvió a nuestra zona poco después de que Mika y yo encontráramos el café en Bryant Park, mientras caminábamos de regreso a casa. Escuchamos gritos de alegría y aplausos en la Novena Avenida, con lo cual imaginamos que los refrigeradores y equipos de aire acondicionado estaban funcionando nuevamente. Y mientras caminábamos, reflexionábamos sobre lo que aprendimos durante nuestra niñez en América del Sur. Lo que pensábamos era experiencia inútil en el primer mundo era ahora fuente de salvación; y cada vez que oíamos las quejas de algún neoyorkino respetable que estuviera, naturalmente, quejándose sobre estas cosas sucediendo en la ciudad que lo tiene todo, no podíamos dejar de pensar orgullosas, “pero yo sí junté agua en casa, tú no”.

Monday, February 18, 2008

Otro Tipo de Mudanza

Antes de desempacar la mudanza que empezó en enero ya tuve que empacar para otra. Este post lo escribo en un aeropuerto y me dirijo a Lima, el lugar de donde salió mi primera mudanza. El vuelo 428 de Lan tuvo que ser reprogramado, está lleno, y ahora estoy rodeada de gente impaciente que ya está haciendo cola cuando el embarque todavía no empieza. Típico en peruanos, sólo nos basta ver una cola para creer que nos corresponde hacerla. La fila está sorprendentemente ordenada hoy: hay pocos viajeros de negocios, muchas familias con niños y el infaltable grupo de jubilados japoneses con el gorrito blanco. Mientras tanto, en la casa de la calle Billinghurst en Palermo quedan todavía muchas cajas sin abrir.

Siempre que vuelvo a Lima, lo hago mitad por trabajo y todo por placer. Viajar por trabajo y pasar las noches en hoteles muy cómodos pero impersonales deja de ser divertido después de hacerlo tantas veces, y la sensación de volver a una casa donde se huele comida y café y alguien te pregunta cómo estuvo tu día cobra otro significado cuando se vive lejos. Además, siempre será un placer volver a esa habitación que existe gracias a la convicción que mis padres tienen –y que yo ando buscando con cada vez más ganas-- de que algún día volveré a Lima definitivamente. Esa habitación me recibe siempre limpia, ordenada y con esperanza; esa misma habitación se convierte en un depósito cuando tomo el avión a Buenos Aires y la esperanza queda en standby.

Hoy terminó mi viaje de trabajo y comenzó el viaje por vacaciones. Todo el tiempo que tengo para vacaciones lo paso en Lima y aunque hoy Buenos Aires sea una ciudad más que familiar donde tengo una vida hecha, esta sigue siendo mi casa. Sólo en Lima puedo comer y comer sin hartarme; sólo en Lima puedo dormir una buena siesta; sólo en Lima me quedo dormida en los primeros quince minutos después de apoyar la cabeza en la almohada. Aunque haya ruido afuera, suenen insoportables los Nextels y los taxis que circulan sobre la calle José Gonzáles tengan el reggaeton a todo volumen.

Monday, February 4, 2008

¿Quieres bajar de peso? ¡Múdate!

Un empleado común y corriente recibe por ley (argentina, por lo menos) un día libre en el trabajo para efectos de mudanza.

Deberían dar un día libre por la mudanza y tres más de catarsis. Otro día más para reponer las energías invertidas en la pelea con el dueño del departamento anterior y otro más por las dudas, por si tu nueva compañera de cuarto se olvidó que te mudabas ese día y tiene una invitada en el cuarto que supuestamente es tuyo. Otro para entregar las llaves al dueño anterior antes de la fecha pactada porque se le ocurrió irse de vacaciones y tiene en su poder el depósito de garantía (que es el equivalente a tenerte agarrada de las bolas que siendo mujer no tienes). Otro para ahora sí instalarte y sacar los cachivaches que tu compañera de cuarto dejó ahí aun sabiendo que ese cuarto ya no es un depósito, otro para entrenar a los gatos para que no se metan en tu cuarto y desordenen tus zapatos. En total debí tomarme dos semanas de mudanza.

Nunca pensé que sería tan complicado. Atrás quedaron los tiempos de los chicos del mameluco azul que empacaban todo, gratis y en un día. Además del esfuerzo físico que implica hacerlo todo sola, hay que sumarle el stress y el mal humor de estar a mitad de un traslado, con media vida en un lugar y la otra mitad en el otro, con un volumen de trabajo inusual para esta época del año, viviendo, otra vez, de maletas.

Una semana después del día "M" (era "M" de mudanza pero en realidad fue "M" de mierda), recién pude abrir las cajas numeradas que contenían fragmentos de mi vida dentro. Los libros fueron lo primero... cada volumen sumaba a la sensación de "hogar" que ni el olor a café pudo crear. Colocar la ropa en los colgadores también me trajo cierto sentido de pertenencia, así como llenar la refri con dos modestas cervecitas que me fui tomando durante los días subsiguientes. Aún no he invitado a nadie a conocer mi hogar; salvo Tomás y Yuriella, mis amigos que más cerca estuvieron en ese día siniestro, estoy esperando el momento preciso en que esta casa realmente sea un reflejo de lo que soy. Como fue mi casita de Palermo Hollywood.

Una semana después de ese día, también, me miré al espejo antes de entrar a la ducha. Me miré toda, de cabeza a los pies, y faltaba algo. Faltaban un par de kilos, sobresalían unas costillas y la panza estaba demasiado plana para estar sana. Muchas me envidiarían porque no me costó nada bajar tanto de peso, o quizá el costo fueron quince días de incertidumbre que tuve que ignorar por atender otros quehaceres, léase presentaciones estratégicas para clientes y reportes de análisis, y ahí las quiero ver, envídienme. Envidien los días de stress, la soledad de un departamento iluminado por un solo foco con solo una cama y nada más, o una habitación propia recargada con objetos ajenos. Envidien la libertad del vivir sola perdida a favor de la compañía de desconocidos que comparten tu techo. Chicas, mejor quédense gordas.

Friday, January 25, 2008

HOY ES EL DIA M

El informe completo... cuando el flete termine de descargar todos los bultos y yo termine dos presentaciones que tengo que hacer para el lunes!

Friday, January 18, 2008

La casa de Arévalo en cifras

Aumentos de alquiler: 6
Visitas Ilustres: 8--Skander, Nito, Carla, el hermanito de Joel, Mary, Mari, Meylin, Pili, Marilu y co.
Noches de Juegos hosted: 2
Noches de Calabazas hosted: 2
Quemadas de terma: 1
Veces que se me quedó la llave adentro: 1
Botellas de vino descorchadas: 104


Logros del día de hoy:
  • Se llevaron el futon
  • Cerré cuatro cajas

Tuesday, January 15, 2008

¿Rompiste con tu enamorado y estás triste? ¡Múdate!

Ayer no me tocó cerrar una caja; me tocó cerrar una historia.

En este blog no habrá detalles de la relación ni de cómo terminó porque se trata de una persona que respeto y quiero demasiado como para contarlos; pero esas historias en las que un amor termina y alguno de ellos se muda para empezar de nuevo son simplemente fascinantes. Yo soy de las que gravitan hacia el cambio; sin él me aburro. Y aunque la mía sea una historia de mudanza que justo coincidió con la de un amor que se termina, ya puedo contarle a mis nietos que me mudé en el 2008, el mismo año en que terminó un viejo amor.

Hoy fue mi primer día de soltera del año. Aún no he soltado una lágrima desde el "ya fue" (felizmente esas no fueron las palabras, si no en vez de mudarme le habría quemado la casa a él), no tengo tiempo para llorar, además se me hincha la cara como una papa al día siguiente. Desde que desperté sabía que iba a ser un día "jodido": primer día sin esperar la llamada o el mensajito o el chat, primer día de hacer planes sin consultar, primer día inventando respuestas a "¿por qué no vienes con Fulanito?" o "¿cómo está Fulanito?" o "¿por qué no vas a ir a Noche de Juegos"? Primer día de calor de 42ºC con las piernas sin depilar, o sea, en jeans. Pero también es un día común: un día más de levantarse temprano para ir a Zona Norte a una reunión con un cliente, un día más de 10 horas de trabajo, de responder a los emails de gente que quiere comprar mis muebles, que quiere mirar el departamento. Hay tiempo para tener pena, pero no para soltarla.

Estoy debatiendo cuándo podré soltar la pena, pero ahora lo que más me estresa no es la ruptura sino la mudanza. Lo que más me angustia no es el ex sino el dueño del departamento donde vivo, que quiere cobrarme dos meses de penalidad por la otra ruptura, la del contrato de locación. Quiere 60 días de preaviso. Yo le dí una notificación de 30 días con varios más de yapa y ofrezco cero penalidad, porque eso es lo que está escrito y papelito manda. Hace un par de años hicimos él y yo un acuerdo que no estuvo escrito, y terminó metiéndome una yuca del tamaño del Obelisco. Pero aprendí mi lección. Ahora es todo por escrito. 30 días dice, 30 días serán.

Me hago la valiente, pero me aterra sentarme frente a él a pelear por mis derechos. Sé que voy a perder la razón y armarle el árbol genealógico en una sola frase y me acordaré especialmente de su mamá. Conseguí ayuda. Uno de mis mejores amigos en Buenos Aires estará ahí conmigo en esa reunión siniestra. El me ofreció un abogado; yo le pedí que sólo ponga cara de malo cuando la aguja se mueve a favor del dueño. Eso haremos.

Pensar mi plan de ataque al dueño de mi departamento con la ayuda de mi amigo con cara de malo no me ha dejado ni pensar en cómo será mi vida en sin esta casa y sin mi chico: puedo asumir entonces que se trata de un buen remedio para un corazón roto. ¿Tendré la misma pena mañana? Seguro que sí. ¿Tendré tiempo para echarme a lamentarlo? No creo, mañana vienen a recoger el futon y a ver los estantes a ver si se los llevan. ¿Pasado mañana? No, hay que seguir embalando cosas.

En el fondo, entiendo por qué el dueño de mi departamento quiere 60 días de preaviso en vez de los 30 de rigor: el preaviso de que una relación se va a terminar estresa. Porque significa que desde ese momento ya no vamos a vivirla; sólo anticipar y hope for the best. Anticipar cuántos días quedan por vivir en una casa, dejarlos por escrito pero discutirlos; cuántas razones para dejar un amor; irremediables pero invisibles. Anticipar para luego extrañar y soñar con cómo era la vida antes de una simple notificación.

Saturday, January 12, 2008

Soy una chiquita cachivachera que le gusta cachivachear

Según el diccionario de la RAE, cachivache--cosa rota o arrinconada por inútil. Cachivachero, dicho de una persona: Que guarda cosas innecesarias.

Dorothy era una chica koreana que fue adoptada por una madre americana y vivió desde los ocho años en New Jersey. Cuando tocó mi puerta para mudarse al departamento de dos dormitorios que alquilaba sobre la Novena Avenida en Nueva York, sabía que iba a ser una compañera de cuarto tranquila pero iba a necesitar paciencia. En efecto, vino con dos gatos, los cuales no dejé que salieran de su dormitorio (aunque sin razón aparente toda la casa se llenaba de pelos), y tenía el hábito de guardarlo todo. Entrar a su cuarto era entrar a un almacén. Todos los palitos del delivery de sushi, ok, yo también los guardo, pero, ¿es necesario guardar las plantitas artificiales que decoran la caja del sushi? No creo. Los recipientes del delivery de comida de plástico con tapa, sí, ok, sirven para el microondas. Pero, ¿los vasitos plásticos donde viene la salsita? Nunca se lo cuestioné porque no era de mi incumbencia, además lo atribui a sus ocho primeros años de vida de pobreza antes de ser adoptada. Pero luego de la experiencia de vivir con ella sólo pude tildarla de loca.

De vez en cuando me da por tirar cosas pero la mayoría de veces pienso que los objetos tienen una vida útil más larga de lo que creemos. Especialmente la ropa. Por eso mi obsesión con etiquetar mis prendas con el año en el que las compré, por eso mi valija con ítems "esperando hasta que sea vintage", por eso la página excel con todo ello organizado.

Una de las misiones a cumplir en este mes de mudanza era reducir el volumen de mis pertenencias por lo menos en un tercio. Estaba dispuesta a ser implacable: a desprenderme de las prendas del siglo pasado; a regalarle medio guardarropa a Mónica, mi portera; a cargar más en el camión del Ejército de Salvación que en el flete de mudanzas. Ahora veo que esas botas que me mandé a hacer en Jesús María hace años y me quedaron pésimas pueden reciclarse cambiándole los tacos. El tiro alto está de moda otra vez así que un pantalón del '98 tiene chances diez años después. Quizá vuelva a nevar en Buenos Aires este año así que necesito los guantes para la nieve y el casacón de plumas que usaba durante las tormentas en Nueva York. Todo sirve.

¿No me estaré convirtiendo en una Dorothy?¿No se me habrá contagiado lo loca? Por las dudas, el que lea esto por favor hágame acordar que tengo que tirar las cajitas de delivery.

Prioridades


Nuestra vida es el resultado de decisiones grandes y chicas. Lo que parece obviedad no lo es tanto cuando pensamos, "oh, hoy voy a tomar una decisión muy importante para mi vida". Cuando decidí mudarme de Nueva York a Buenos Aires pensé que sería una cosa pequeña, sólo de un año. Eso fue en el 2004. Mudarme de un departamento de un ambiente en Palermo a una casita en el mismo barrio suena a un detalle mínimo en la vida urbana de una persona soltera sin grandes responsabilidades, pero para mi significa mucho, lo suficiente para tener un blog acerca de ello y ocultar los proyectos literarios anteriores.

Decidir significa priorizar. ¿Buenos Aires o Lima? ¿Casa compartida o departamento sola? ¿Regular o light? ¿De pescado o de mariscos? ¿Para comer acá o para llevar? ¿Sí o no?

¿Vendo la refri o me la llevo a la nueva casa? Parecía una decisión rápida: la vendo. Publiqué un aviso, respondí a los interesados, armé el esquema de mi nuevo espacio sin la refri. Mi mamá sugirió que me la lleve; dije que no porque era mejor venderla. Mi papá volvió a sugerirlo; dije que no porque ya estaba decidido. Además, mis dos sillas favoritas tenían que entrar sí o sí, y una habitación de 4x4 no da para tanto. Bastante estoy sacrificando vendiendo mi cama, los estantes que heredé de un amigo de un ex-novio y el futon que compré para mis visitas ilustres. Mis sillas, no.

Pero, un momento. ¿Y la comida? La nueva casa tiene una "heladera" que se puede compartir, así que no habría problema, lo he hecho antes con mi roommate Chantal en Richmond y Claudio y Dorothy en Nueva York, pero sólo porque nunca me atrevería a comer lo que ellos comían. La comida en mi vida tiene casi tanta importancia como la tienen los trapos de los noventas. ¿Podré volver atrás y dejar que otro use mi santuario frigorífico?

Una de las sillas de Ikea está a la venta. Consulte.

Thursday, January 10, 2008

El Olor de Casa

Desde que era chica, mi gran sueño fue que mis padres tuvieran una casa propia. En el año 2004 sucedieron varias cosas que hicieron que en el año 2005 pudiéramos finalmente cumplir ese sueño. Yo ya no vivo más en Lima; pero siento que esa nueva casa es tan mía como de ellos.

Entre diciembre del 2005 y enero del 2006 pasé una temporada en la nueva casa, y en una clase de redacción de crónica periodística que tomé, uno de los ejercicios fue describir el olor de nuestra casa. Este es el texto que nació con ese ejercicio, publicado en un blog anterior mío.

"Mi casa huele a jabón y a ropa recién planchada; a frutas y verduras; a madera y a pintura; a libros y periódicos.

¡Mi casa huele!

Huele a húmedo, pero también a seco; a desorden pero también a limpieza; a nuevo, pero también a viejo. Sobre todo eso, a nuevo y a viejo.

El edificio se terminó de construir en marzo y mi familia se instaló en abril. Durante nuestras visitas a la obra antes de terminada, desde que era un simple hueco sobre la tierra hasta que nos entregaron las llaves del departamento, la casa olió a tierra seca, luego a tierra húmeda, luego a cemento, luego a madera, luego a pintura, luego a barniz y luego otra vez a pintura. La combinación inconfundible de cemento fresco, de madera recién colocada y pintura recién puesta, acompañada del eco de una habitación vacía y el nuevo sonido del seguro de una puerta, renueva el alma de una familia. Esta es nuestra primera casa propia; por eso, el olor a pintura fresca también es un olor a sueños cumplidos.

Pero a pesar de que mi casa tiene apenas seis meses de vida, también huele a viejo. Huele a décadas de típicas costumbres de japoneses que todo lo guardan. Huele a “mailings de marketing directo” del nuevo milenio, a fotocopias de facultad de los noventa, a cuadernos de colegio de los años ochenta, a “El Tesoro de La Juventud” de los setenta, a revistas Selecciones de los sesenta, al globo terráqueo de cuando el mundo tenía menos países. Un olfato agudo podría encontrar incluso cosas más viejas entre las cajas que hábilmente hemos logrado apiñar en 80 metros cuadrados.

Por eso mi casa también huele a resistencia. Quizá cada uno de nosotros, los que vivimos ahí, tenemos nuestras propias razones para priorizar el desorden sobre la vida moderna y casi minimalista que nos venden los programas de cable y los suplementos de decoración de El Comercio y donde una casa nueva es la mejor –si no la única—excusa para empezar de nuevo. Puede ser que nuestras cajas con cachivaches representen lo mejor de nuestras vidas y queramos conservarlas.

Quizá porque necesitamos que la casa huela a recuerdos y aún no los tiene; porque en el fondo, el olor de una casa es lo que lo convierte en un hogar."

Sunday, January 6, 2008

La segunda caja y ya me estoy aburriendo

Ayer cerré la segunda caja, con lo que quedaba de mis libros, los CDs originales y pirata, los marquitos de fotos. La segunda caja fue otro repaso de seis años de recuerdos y gusto musical más o menos constante (tengo aparte las toneras del 2001 al 2003 si a alguien le interesa, y si alguien tiene el mp3 de "El Embrujo" y "La Culebrítica" por favor compártalos), además de una fiebre por los portavelitas de Ikea.

Ayer también fue un repaso de varios cambios de guardarropa y de toma de decisiones. Decidí por fin hacer algo con ciertas prendas circa 1997: sacos entallados pero con hombreras (en qué estaban pensando????) A decir verdad, las usaría, de no ser porque mis brazotes se encogieron un poco y tengo menos con qué rellenar los sacos, y eso hace que las hombreras se vean más chorreadas que los brazos de varias [tías] que conozco. Además de esos sacos, tengo una maleta llena de ropa "esperando volverse vintage", o sea, hay que darle unos 10 añitos más, pero no sé si tendré la paciencia y el espacio para conservarlos, así que varios de esos ítems irán a parar de vuelta a Lima o a alguna "feria americana" como las llaman aquí. Espero no arrepentirme.

Logros del día [de ayer]:
  • Desaparecí TODO lo que había debajo de mi cama y apareció una mancha de humedad sobre la alfombra. Yo no fui. Se nota que que hay rincones de un monoambiente donde jamás ha llegado una escoba (ni los ha mirado un par de ojos).

Friday, January 4, 2008

La primera caja


Hoy cerré la primera caja. Empecé con lo más fácil, las revistas y los libros. Tuve que deshacerme de la mitad de las revistas. Sólo guardé los Etiqueta Negra, Adlatina y LatinSpots.

Mientras metía libros en la caja, tenía a Ibukita (así se llama mi laptop, una iBook G4 de 12", con las letras del teclado ya desaparecidas y una batería reciclada) sobre la cama, chateando en grupo con Carla y Silvia, sobre cuánto tiempo más vivir en Buenos Aires. Una la tiene más clara que las otras, otra no quiere ni pensarlo, otra lo está debatiendo. Una más, que no estaba en la charla pero también compañera de colegio desde primer grado, está por mudarse a Buenos Aires también.

El que yo esté hablando con ellas mientras meto libros en una caja también significa algo: empezar de nuevo, dejar atrás la vida en Nueva York que dejé hace más de tres años pero a la que aún estoy algo aferrada, recordar con cariño la época de estudiante de maestría en Richmond. Olvidar cuadernos y más cuadernos con mis memorias mezcladas con apuntes de universidad con cosas que tenía que hacer desde que empezó el milenio. Los cuadernos están ahora en la basura; y lo que ellos contienen son ahora sólo memorias.


Logros de los últimos dos días:
  • Compré tres cajas de mudanza a $10 pesos cada una (el que lea esto y tenga cajas viejas que le sobren avíseme)
  • Puse la casa patas arriba: bolsas con etiquetas en todos lados y cuatro bolsas de basura.
  • Desocupé los cajones de la cocina. Todos (los cuatro)

Tips para empacar cachivaches varios: bolsas y más bolsas


Tip #1 Bolsa y Caja
Suena complicado pero al final de cuentas hace todo más fácil. En resumen es, primero en bolsas (esas de papel, de shopping) y luego en cajas.

La primera metida, o sea la de las bolsas, es para ir clasificando tus cachivaches. Junta todo lo que sea de la misma categoría: piensa en los pasillos de Wong (Jumbo, Disco, Norte, etc. si estás en Argentina) y mete en la misma bolsa todo lo que creas que iría en el mismo pasillo o la misma góndola. Luego escribe en la bolsa BIEN GRANDE qué estás metiendo. Deja las bolsas abiertas hasta el último minuto.

La segunda metida es la de las bolsas dentro de las cajas. Ahí vas metiendo bolsas de categorías similares o que pertenezcan al mismo ambiente, por ejemplo, la bolsa con tus vasos (bien envueltitos en El Comercio, El Trome o lo que sea que dizque leas) iría en la misma caja que la bolsa de cubiertos y la de tapers. Así, en vez de meter tres mil huevaditas en una caja, metes tres o cuatro bolsas grandes. De pasadita, la bolsa te sirve como amortiguador extra.

Tip #2: La bolsa de "Huerfanitos"
Agarra una bolsa más o menos grande y ponle de nombre "huerfanitos" (o cualquier nombre que se te ocurra que signifique lo mismo). La idea es que aquí metas todo lo que en ese momento te parezca inclasificable y por lo tanto imposible de meter en alguna caja (porque lo más probable es que se te pierda). Aquí va tu latita de betún para lustrar zapatos, la figurita de la Virgencita de Chapi que no sabes si va con los libros, con tus collares, las cartas de tus enamorados o debajo de la almohada, etc.

Tip #3: Bolsas viajeras
La bolsa de "huerfanitos" y una bolsa de basura van rotando por la casa a medida que vas empacando cosas. Si estás desocupando algún estante o repisa, ten a la mano las dos bolsas para ir tirando cosas o separándolas hasta que decidas dónde ponerlas. De cuando en cuando acuérdate de las cosas que metiste en la bolsa de huerfanitos porque seguro que a medida que vas avanzando vas a se te va a ir ocurriendo dónde ponerlos, pobrecitos.

Tip #5: Bolsas dentro de cajones
No, no me he fumado nada. En serio sirve. Agarra bolsas grandotas (así como las que te dan en la lavandería o tintorería) y mete todo lo que tengas en el mismo cajón de ropa. Luego pon la bolsa dentro del cajón. La idea es proteger la ropa para que cuando se lleven los cajones al camión de mudanza se los lleven con la ropa adentro; así no tienes que llevarlo todo aparte. En caso sí tengan que llevarse los cajones vacíos, ya tienes la misma cantidad de bolsas y cajones y desempacar va a ser más fácil.

Thursday, January 3, 2008

¡ÚLTIMO MINUTO!

Ultimo minuto, se vendió la cama a 400 pesos cash :)

Limpiar la casa, limpiarse uno

Dicen que limpiar la casa es una manera de limpiar-se. Si es así, en Lima mi mamá me baña hasta el día de hoy y mi mucama ocasional comparte la tarea en Buenos Aires.

Hoy empecé oficialmente el proceso de limpieza general de mi hogar, léase tirar cachivaches a la basura. Aprovecho para organizar algunas cosas en bolsas de shopping de aquellos años pre-inflación. Descubrí que estoy matando dos pájaros de un tiro: a medida que guardo cosas, queda registrado en el blog que tengo hecho y qué me falta hacer. En realidad tres: a medida que escribo y guardo, desempaco la maleta de mi último viaje a Lima.

Logros del día:
  • Compré un rollo de cinta de embalar y un plumón indeleble.
  • Todos los frascos de "cuidado personal" de tamaño natural fueron a una bolsa; los treintaipico en miniatura que me "guardo" de los hoteles en cada viaje están en otra.
  • Las Cosmopolitan fueron a la basura (muy a mi pesar), las Etiqueta Negra las guardé (para parecer culta).
  • Los cinturones están en una bolsa de Zara.
  • La bolsa de Stock Center tiene lo que le voy a dejar a Mónica como herencia.
  • La bolsa de Ayres tiene lo que me llevo en febrero a Lima para dejárselo a mi mamá.
  • Ya le avisé a Carla que se lleve el casacón de invierno que está encima del ropero hace dos años.

Wednesday, January 2, 2008

¿Cuánto Te Vale, Cuánto Te Cuesta?

Mi primera mudanza sola fue en agosto del 2001, y resultó bastante sencilla. Conocí a mi roommate via internet, ambas íbamos a tomar el mismo programa de maestría en Richmond, Virginia. Intercambiamos algunos e-mails contándonos qué llevaba cada una, así conocíamos los gustos de la otra. Ella: libros de música, partituras varias, teclado. O sea, una marciana con talento musical. Yo: medio Plaza Sésamo en peluche. O sea, una loca que no tuvo infancia. Ella trajo todo en dos autos que manejaron ella y su papá durante 15 horas desde Chicago. A mi me bastó tres maletas (una completamente dedicada a los peluches) y una mochila. Costo cero.

Dos años después me mudé a Nueva York, y para entonces yo ya había acumulado algunos bienes. En mayo del 2003 llegaron a mi casa dos tipos con un uniforme que parecía el disfraz de Quico de El Chavo Del Ocho (sin la corbatita, obvio) cuya misión era desmantelar mi departamento. Metieron todo lo que pudieron en cajas hermosas, cada cachivachito empaquetado con una rapidez impresionante pero sin dejar de ponerle cariño a cada cosa envuelta en papel... ¡en blanco! Usar diarios viejos habría sido una ofensa. 15 cajas entre libros de segunda mano y platos comprados en K-mart fueron trasladadas desde 411 N. Boulevard en Richmond, a 785 Ninth Avenue en Manhattan. Costo: cero. Quizá esas cajas lindas con ese olorcito a nuevo, el papel de envolver sin una sola letra impresa y el uniforme de Quico costaron más que los bienes que mi nuevo trabajo me ofreció trasladar.

Al año siguiente se repitió la operación, y esta vez se trasladó todo a Argentina. 25 bultos entre cajas, muebles finos regalados y muebles baratos de Ikea llegaron al puerto de Buenos Aires dos meses antes de que yo encontrara un lugar dónde ponerlos. Pero eso otra historia. Llegaron las cajas y los bultos y un hermano y un novio que acudieron al rescate para ayudarme a poner las cosas en su sitio. Costo: cero.

Tres años más tarde, perdida mi condición de empleada expatriada, y con el afán de trasladar la mayor cantidad de cosas por el menor precio, las cosas no son tan fáciles. Hoy pasé por un sitio que hace mudanzas: Palmo en la esquina de Arévalo y Soler.

Hoy aprendí que para departamentos chiquitos conviene más un "taxi-flete" (menos mal que estamos en Argentina, en Perú ese servicio no se anuncia ni se recomienda tan abiertamente), que cobra más o menos $40 la hora por un camión y dos peones a $14 la hora.

Uy. Un camión y dos chicos a 14 pesos la hora. Y encima el camión viene con mantitas.

Uy.

Año Nuevo, Casa Nueva

A principios de este año, algo me decía que el 2007 iba a ser un año de cambios importantes. Uno de ellos fue decidir cambiar de casa. Hoy alquilo un pequeño departamentito de un solo ambiente en Palermo Hollywood; tres años de inflación ininterrumpida y el boom de las grandes torres que saltan una tras otra por donde uno mire en este barrio, le han hecho perder un poco la magia que me conquistó cuando visité este lado de la ciudad por primera vez.

A finales de este mes cambio de hogar, y no es poca cosa. Después de tres años, voy a volver a la vida de los veintitantos y compartir una casa con roommates (y gato incluido), y la verdad, no sé qué esperar.

Pero antes de siquiera empezar la aventura de la convivencia está esa veintiúnica resolución de año nuevo de POR FIN mantener un blog, rain or shine. Aunque el año empiece más rápido de lo que pensé y la ciudad me reciba con demasiado calor. Vamos a ver cómo nos va.